Sufrir por una pelota

Por Dios santo como hemos sufrido el pasado martes muchos de nosotros en Latinoamérica.

Sufrir por una pelota no es sufrimiento serio, pero se sufre igual.

Varios de nuestros países se jugaban el pase al próximo mundial del 2018 y, para aquellos que no lo saben, el futbol es para muchos de nuestros pueblos una presencia básica, necesaria, apabulladora, emocionante, desilusionante, odiada y amada con la misma intensidad por todos.

Cada eliminatoria la vivimos como una gran final y cada clasificación como una manera de reafirmar cierta supremacía, o todo lo contrario, sobre nuestros vecinos.

He vivido en varios países con una pasión por el futbol inmensa, única e indescriptible pero a la fecha no he encontrado dos países que vivan, sientan, lloren, sufran, suden y se emocionen hasta las lagrimas con el futbol como Brasil y Argentina.

Los portadores de la verde amarela han hecho una eliminatoria sorprendente; tenían y aun tienen que revindicar su poderío después de semejante papelón en casa y van por buen camino.

Muchos otros vecinos latinoamericanos se jugaron su entrada por primera vez a un mundial y así mis amigos panameños están hoy delirando de la felicidad y mis amigos peruanos no han perdido aún ni un ápice de esperanza, todavía no está dada la ultima palabra.

Hay quienes se salvaron por favores ajenos; algunos quedaron esperadamente afuera y otros sorprendentemente eliminados.

Y nosotros, los argentinos, que entramos a la cancha con una fuerte posibilidad de perdernos un mundial, sufrimos literalmente hasta el final; un final de cuento de hadas con un superhéroe nacional que nos llevo de la mano de su magia hacia la próxima copa del mundo del otro lado del océano.

Se que para aquellos que no entienden, ni quieren entender, nada de futbol es imposible comprender los nervios que todos los amantes del balón pie sufrimos el pasado martes; a muchos les parece ridículo que seamos tan pasionales por un deporte que tildan de tener poca clase. No hay explicación lógica para tanto amor.

Pero para los que si vivimos el futbol como una pasión desenfrenada; como un sufrimiento gustoso; como una locura sin explicación, el 10 de octubre fue un gran día. Un día en el que, literalmente, nos volvió el alma al cuerpo a muchos y en el que varios volvimos a respirar sin dificultad. Un día en que los afortunados retomamos nuestros planes y sueños de viajar a Rusia, para lo que comenzamos a ahorrar de nuevo una gran cantidad de morlacos.

Para los argentinos fue el día en que San Messi le calló la boca a muchos y reafirmó con mayúsculas su indiscutido título de mejor jugador del planeta. Un día en el que el pecho se le calentó como nunca y las piernas le bailaron al son de la mejor canción .

En la mente de todos nosotros los argentinos no cabía la opción de transitar un mundial sin la albiceleste adentro; sin nuestros canticos únicos; sin nuestros gritos desesperados y sin nosotros mismo desquiciando a todos los adversarios.

Tenemos el sufrimiento futbolístico clavado en nuestro ADN, nacimos para sufrir por una pelota y lo hacemos con el mayor de los gustos, por muy ilógico que eso parezca.

Vamos Argentina a sufrir juntas una vez más!

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