Todos adolecemos

En la adolescencia adolecemos todos, nuestros hijos y nosotros.

Días duros de transitar; hormonalmente inestables; dramáticamente maravillosos; emocionalmente revolucionarios. Tiempos en los que aburrirse esta fuera del menú.

Nuestros bebes se van convirtiendo en hombres y mujeres y en ese camino adolecido, van definiendo la personalidad que los acompañará toda la vida. Camino en el que se confundirán mucho y aprenderán aun más. Trayecto en el que sufrirán desvelos, llantos y risas en idéntica intensidad. Momentos con chispazos gloriosos en los que ellos crecen y nosotros envejecemos a la par.

Sensación de eternidad desmedida donde nosotros llevamos el corazón en vilo; nuestros miedos se agigantan; el alma se nos destroza en cada discusión y los nervios se nos encrespan a diario. Son años de peleas de reajuste; gritos de amor incondicional; repetición de consejos sabios; cuidados extremos de almas en formación y charlas eternas con la esperanza de que algunas de las letras de tantas palabras se les queden pegadas, tatuadas, clavadas en el alma y el corazón.

La adolescencia es la última ventana de tiempo en la vida de ellos, que nosotros tenemos para terminarlos de limar, armar, ajustar, pulir, engranar y dejarlos listos para todo lo que les está por llegar y pasar.

Los adolescentes duelen profundo; se sienten en la panza; cuestan; desarman; agotan y desvelan, pero son la antesala de la mejor obra de arte de nuestras vidas por lo que, con seguridad, todo valdrá la bendita pena.

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