Como si nunca te hubiera dejado de ver

La vida me dijo que no durante dos periodos de 365 días; me pidió esperar y obediente le hice caso, esperé y ayer, en un lugar intermedio entre su casa de Guatemala y la mía de Brasil, la volví a encontrar y fue como sin nunca jamás nos hubiéramos dejado de ver y pudimos seguir el hilo de nuestra conversación eterna como si nada; como si no hubieran pasado dos años entre la última charla y la de ayer; como si jamas nos hubiéramos separado fisicamente; como tiene que ser con dos amigas que van unidas por el alma y el corazón; como es siempre con amigas de “deveritas”.

La abracé tan fuerte que casi la rompo en dos y ella me devolvió el abrazo con la misma intensidad.  No nos paró la lengua; la emoción y la alegría se nos escapaban por los ojos.

A pesar de que nos apuramos lo más que pudimos para contarnos todo,  el tiempo no nos alcanzó, porque aun estando a minutos de distancia nunca nos alcanzaba para hablar de todo lo que necesitábamos, queríamos y nos hacía tan bien hablar.

Ayer el horario del restaurant y el cansancio de ambas nos ganó la jugada, pero siempre es mejor poco y bueno, que nada.

Hasta que el viento nos vuelva a juntar chapina de mi alma. Me vas a hacer mucha falta.cópia de FullSizeRender

 

Sentimos miedo

Hoy por fin entendí que lo que verdaderamente sentimos las que nos vamos es miedo, un miedo fuerte a dejarlas a ellas, a nuestra nuevas amigas del alma.

Es por eso que, inconscientemente, nos alejamos y nos acercamos y nos volvemos a alejar, con el ridículo fin de que las que quedan nos olviden antes de irnos, para que el destete no sea tan traumático.

Abrimos el paraguas por las dudas: por las dudas de que nos dejen de recordar; por las dudas que no nos vengan a visitar; por las dudas que nos dejen de procurar; por las dudas de que nos dejen de querer.

Y ellas, las amigas que tanto nos está costando dejar, esas que nos gustaría empacar en la maleta y llevárnoslas para allá, ellas también abren el paraguas por las mismas dudas: que las olvidemos; que ya no las busquemos; que las reemplacemos y que ya no las queramos.

Y así, entre tantos por las dudas, se genera una batalla indeseada de paraguas abiertos y los últimos tiempos juntas los perdemos chocando sombrillas e intentado cubrir futuros vacíos que nadie podrá tapar.

Es miedo profundo de no tenernos, de no volver a vernos, de olvidarnos y de extrañarnos tanto que duela.

Es que no importa cuantas explicaciones surjan al respecto, lo cierto es que, racionalmente, todo se entiende, pero hay razones que el corazón rechaza.

NOTA: créditos compartidos con la loca linda de la foto, Cecilia Nellen, las ideas fueron de ella y la pluma mía. Que equipo !!!!!!!!!!

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La magia de las caipis

Sin ninguna intención de hacer apología del chupi ni incentivar el consumo de bebidas espirituosas, me declaro fiel creyente de que un buen trago tomado a tiempo y en buena compañía, salva de muchos males.

Por eso, creo justo y necesario resaltar el impresionante poder “curativo” que tiene una caipiriña tomada con amigos acá en Brasil o donde sea que nos las quieran servir.

Con el primer sorbo de una caipi de esta especie, la magia comienza; se resaltan los sentidos; los hombros descienden al nivel de la felicidad, la memoria se aviva y el alma se suelta.

Las caipis compartidas ayudan a ablandar la vida; a resolver lo que no tiene solución; a sanar un corazón partido y a entender el sin sentido de muchas de las cosas de esta vida.

Pero creo que lo más lindo de estas caipis curativas, es lo que sin querer generan: por su causa se arman grupos de amigos; se escuchan confesiones inéditas; se deciden amores; se componen relaciones y, por supuesto, generan el compromiso, o más bien la excusa, de juntarse una vez más.

Así, junte tras junte, caipi after caipi, se generan relaciones entrañables; se suavizan estresses; se arman negocios; se aceptan realidades; se encuentra el sentido de la propia vida y se vive mejor.

Una caipiriña compartida a tiempo ahuyenta la terapia y, por lo tanto, ayuda a la economía familiar.

Brindo por muchas más caipiriñas con amigos acá en Brasil o donde sea que el viento nos quiera llevar. Cheers!

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Nosotras, las jefas

Llega un momento en el que no queremos oír más nada sobre requisitos, documentos o papelitos. Tenemos el cuerpo inflamado y la voluntad podrida de tanta petición ridícula de comprobantes de nuestras vidas y la de los nuestros.

Estos cambios de localidades internacionales ponen a prueba todo el sistema nervioso, el linfático, el parasimpático y hasta el sistema que no tenemos. Claro está que también ponen a prueba la paciencia, pero es comprobado que en estas vueltas la paciencia se hace de chicle, infinita y a prueba de golpazos.

Para algunos trámites ya parece no ser suficiente nuestro certificado de nacimiento in extenso, acompañado de un pasaporte vigente y un certificado lleno de sellos que diga que jamás fuimos fugitivos ni prisioneros; no señor con eso ya no basta, además tenemos que sumarle un millón de papeles más que, a mi leal saber y entender, quienes lo reciben no habrán de leer jamás pero que sirven para abultar y hacer más serio nuestro expediente de extranjeros.

Si a eso le sumamos que más de una vez esos papelitos de colores precisan traducción a una o más lenguas, bingo!!!!! Estamos al horno.

Para completar el cuadro, tenemos que gerenciar, a control remoto, el tema de los colegios de nuestros vástagos, donde también se nos piden un sin fin de comprobantes de la probidad y buena conducta de nuestros pimpollos, todo para nunca tener la certeza absoluta de llegar al nuevo hogar y hallar lugar para todos ellos en la misma institución escolar.

Para cuando logramos desenmarañar semejante cantidad de requisitos; recolectar todos los documentos pedidos; traducirnos hasta el alma para que el nuevo órgano receptor entienda quienes somos; ya no queremos mas lola, el cuerpo no nos da más de reacciones químico-medicas ante tanta barbarie burocrática; nuestra edad ya no es la verdadera porque tantas vueltas, al menos por un rato, nos cargaron 10 años más a nuestra biología y lo único que queremos es salir corriendo y dormir, dormir mucho y no oír nada mas.

Pero adivinen que? No podemos parar, porque justo ahí empieza lo mejor, la nueva aventura y somos nosotras mamacitas la que vamos a cargar con la adaptación de las almas perdidamente entristecidas de nuestras familias y sacaremos fuerzas desde donde no creíamos que teníamos y haremos que ellos se vuelvan a parar en sus cuatro patitas para empezar a transitar, con elegancia y valentía, ese nuevo capitulo de sus vidas.

Salud por ustedes, por nosotras, jefas absolutas de estos cambios de vida!

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Las amigas adoptadas

En esta elección de vida tenemos dos tipos de amigas: las de toda la vida, que en su gran mayoría quedaron allá de donde salimos, y amigas nuevas en cada destino en que nos toca pernoctar.

Con las de toda la vida es más fácil, nos conocimos tal y como somos y no necesitamos darnos muchas explicaciones para seguir queriéndonos.

En cambio con las nuevas todo comienza desde cero, sin referencias personales ni historias conocidas y, en lo personal, la cosa empieza bien cuando mi interlocutora pregunta por mi vida y no por los títulos nobiliarios y profesionales de mi marido.

Ya bastante tenemos con seguirlos por el mundo – misión que, aún enfrentada con ganas y amor, implica la perdida o el olvido del yo por algún tiempo – como para tener que basar una relación de amistad nueva sobre los logros de ellos y no los nuestros.

Somos sus compañeras de ruta pero tenemos nuestras propias historias, nuestros propios relatos, sueños, temores y gustos y de ellos es que nos gusta hablar.

Soy una convencida que, aun girando por el mundo, es posible generar y cultivar buenas, sanas y entrañables amistades y para que eso suceda, solo se necesita ser una misma, sin pantallas ni biombos escondedores que nos presenten ante el mundo como lo que realmente no somos.

No nos midamos por las multinacionales que nos mueven; ni por lo largo de los títulos nobiliarios de nuestros consortes; ni por lo brillante de nuestras carrozas; lo hermoso del barrio de nuestros castillos o lo internacional de los colegios de nuestros cachorros lo que, para que no se nos olvide, no es del todo nuestro y se caracteriza por ser temporal.

Midámonos más bien por lo bien que cebamos mates o lo rico que preparamos el café; por lo contagioso de nuestras sonrisas; por la capacidad que nuestros oídos tienen de escuchar historias ajenas; por la calidez de nuestras miradas; lo apretado y reparador de nuestros abrazos y la autenticidad de nuestras acciones.

No es obligatorio ni preciso ser amiga de todas ni que todas nos quieran. Es sano que así sea.

Elijamos bien a nuestras nuevas amigas, porque las de “deveritas “ serán las que quedarán a nuestro lado aún cuando todo el brillo del oro se opaque, los logros del consorte no sean lo suficientemente rimbombantes y todo lo internacional de nuestras vidas deje de ser tan real. Esas nuevas amigas son las que valen la pena.

 Elena, La Mex y yo