Un Domingo para nosotras

Un “domingo para nosotras” debería ser institucionalizado como día obligatorio para toda madre, como mínimo, una vez al mes.

Son domingos con D mayúscula en los que, mientras te colocás una mascarilla revitalizante en tu agotado rostro, aprovechás para actualizar tu curriculum y, porque no, comprar algún mimo para vos por Internet.

Si el tiempo es bueno y se estira cual chicle, va a dar también para ponerte al día con tu serie preferida; terminar de leer el libro que hace más de seis meses te espera impaciente en tu mesita de luz y hasta organizar las joyitas que tenias guardadas hechas un desastre en tu tocador.

Son días en los que, cuando era aún más joven, la culpa me atacaba porque el padre que se hacia cargo de las niñas o porque no pasaba con ellas cierto numero de horas de su día libre.  Hoy, siendo aún joven pero con más años de recorrido de vida, me amigue con la culpa y entiendo a la perfección que son días imprescindibles para recargar pilas, para ir al baño sin compañía, para bañarse despacito y sin corridas, para tomarse el café caliente, para consentirse ampliamente, descansar de la rutina, hacer lo que se nos plazca y hasta pensar en un sin fin de pavadas.

Seguramente la mascarilla no producirá en mi piel el resultado que muestra en la caja, la serie quede sin terminar, al libro le falten algunas paginas por ojear y mi curriculum no se vea como lo deseaba, pero el domingo para mi es con seguridad una gran caricia al alma.

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Volver

Volver a los lugares que alguna vez nos albergaron; donde tuvimos nuestra casa por un rato; donde aún hay amigos; donde aprendimos mucho; donde fuimos felices y a veces no tanto; donde nacieron nuestros hijos; donde nos casamos; donde tuvimos el mejor trabajo; donde hay olores que nos transportan; donde hay risas para rato … regresar a cada uno de esos sitios devuelve vida, pasado.

No importa si fue uno o fueron varios, quienes vivimos en el destierro siempre tenemos uno en el que, como mínimo, toco reinventarnos.

Volviendo ponemos el corazón a otro paso, a andar desbocado, porque son sitios que nos devuelven nuestro yo reinventado, armado adrede para ese lugar que nos costó tanto.

Visitar ayuda a entender y a perdonarnos por no haberlos aprovechado antes y por habernos resistido tanto.

Regresar nos hace comprender que cada uno de esos sitios nos dejó el corazón marcado, nos prestó cosas propias y se quedo con algunas nuestras a cambio.

El viaje al pasado nos enseña que en cada uno de esos rincones estuvimos en el momento exacto, porque de ahí éramos cuando llegamos y dejamos de serlo cuando toco mudarnos.

En un año intenso hice galopar al corazón desenfrenado y exponiendo abiertamente el alma decidí visitar tres hermosos pasados. Transite lugares conocidos y provoque encuentros con almas amigas que extrañaba tanto.

Lloré en cada vuelo, despegue y aterrizaje. Me emocioné con cada par de ojos que me abrazaron.

Con este viaje a mis “yos” anteriores recordé que lo importante en esta vida no es todo lo que reluce, brilla y encandila o todo aquello que hace parecer, solo parecer, algo exótica esta particular vida; sino mas bien el saber que tenemos el alma repartida entre corazones amigos y tierras vividas que siempre estarán esperando nuestra próxima visita.

Gracias infinitas a los que nunca olvidan, porque vivir en sus memorias es parte esencial de nuestras vidas. Gracias eternas para quienes entiende que hay amor en demasía, porque tenemos el corazón estirado para llevarlos a todos dentro para toda la vida. Gratitud para aquellos que nos aman a pesar de la distancia y lo particular de nuestras vidas.

Volví, me animé, no me resistí, entendí, me amigué, reviví, fui genuinamente feliz.

Volvé, animate, no te resistas, ayuda a entender, a amigarse, a revivir y a hacerte más feliz la vida.

volver

Los Argentinos seguimos vivos

Yo no se ustedes, pero para nosotros los argentinos el mundial de fútbol es casi una cuestión de estado y de defensa del orgullo nacional.

Cada partido con nuestra selección son 90 minutos, como mínimo, de sufrimiento asegurado. Se nos contraen los músculos, perdemos la voz y el corazón late a una velocidad humanamente imposible de aguantar.

En cada partido nos acordamos de todos nuestros antepasados, nos abrazamos hasta con el enemigo y por un rato nos olvidamos de todos los males que aún tenemos por resolver.

Esperamos de los jugadores lo que jamás podríamos dar con nuestro propio cuerpo y durante toda la copa del mundo, todos somos técnicos.

Para nosotros, los argentinos, perder un partido de fútbol nos depara una depresión severa, nos saca lagrimas y nos pega justo en el orgullo nacional.

Por eso siempre es bueno ver el partido con amigos, porque entre todos nos apoyamos para no desmayar cuando el adversario se acerca a nuestro arco o cuando los minutos no pasan más!.

Hoy me tocó verlo sola y rodeada por gente con la que no me podía abrazar, mucho menos gritar. Vi el parido lejos de todos pero con el corazón cerca de ellos.

Hoy Argentina ganó un partido de fútbol y por lo tanto “hoy” todos allá en casa y yo acá, nos iremos a dormir en paz.

CECILIA Y EL MUNDIAL

Que ganas dan de correr

Que ganas dan a veces de salir corriendo; dar un portazo; tirar la toalla; huir rajando; desaparecer de la faz de la tierra para no sentir, no transitar, para no vivir lo que nos toca en esta sensacional vida.

Con gusto más de una vez arrojaríamos todo por la ventana, colgaríamos los guantes, apagaríamos las ganas y dejaríamos de remar.

Esta es una cordial invitación a reconsiderar semejantes ganas. Es que pensándolo bien, con huir no hacemos más que posponer el proceso ya que escapando el cuco no se desvanece, ahí se queda esperando a que nos decidamos a enfrentarlo.

Si salimos corriendo, por lógica, pararemos nuestra marcha en un nuevo lugar en el que, a fuerza, nos tocará volver a empezar y volveremos a ser atrapados por aquello de lo que acabamos de escapar. Circulo sin prospero final.

Así que sería aconsejable clavar el freno cuando las ganas de correr atacan; cerrar los ojos y recordar, no lo que nos falta por recorrer, sino más bien todo lo que ya anduvimos, peleamos, ganamos y aprendimos.

Nos daremos cuenta entonces que ya entendemos calles; interiorizamos olores; distinguimos palabras; comprendemos expresiones; conocimos almas y acomodamos más de un huesito en nuestro nuevo sitio.

Una vez que lo hayamos entendido, volveremos a encender la marcha para continuar el camino que nadie nunca nos dijo que sería fácil y divinamente sencillo, pero que les juro vale la pena transitarlo, padecerlo, acariciarlo y vivirlo.

Si corremos que sea para abrazar nuevos corazones, caer en nuevos brazos, conocer nuevas esquinas, para llegar a tiempo a una cita, bajar de peso o para aprender como se corre en el nuevo clima.

PIPE Y ANNIKA CORRIENDO

Cómo le explico a mi niña?

Cómo le explico a mi niña de primer grado que la nena que le movió los dientes de dos golpazos lo hace porque no es feliz?

Cómo le cuento que esas cuatro nenas malas, que durante una semana la tuvieron en vilo causándole dolor de nervios en la panza y quitándole el apetito, son así porque están buscando atención que no encuentran fácilmente en casa?

Cómo le digo que no se preocupe si no la invitan a un cumpleaños al que todos los demás fueron convidados y le refuerzo su autoestima para que la preparación de dicho agasajo, hecho frente a sus narices, no le duela en el corazón?

Nada de lo que pueda explicarle lo va a entender rápidamente hoy, llevara años para que lo asimile y mucha mamá, mucho papá y hermana cerca, sobándole el alma para que pronto se olvide.

Me pregunto si los papás de niños que golpean saben lo que sucede; indago por todos lados para saber si los padres de las nenas “malitas” tienen idea de lo que sus hijas dicen y hacen cuando ellos no miran; me consulto si esos padres están enterados de que sus niños están pidiendo a gritos que les presten atención, les abracen el corazón, los miren a los ojos y les cuiden el alma.

Y cuanto más indago y más me pregunto, me doy cuenta que hay papás que decidieron, por flojera o por convicción, no darse cuenta de nada; catalogar cosas graves como cosas de niños y entregar la crianza de sus retoños a las manos de alguien o alguienes más.

No puedo juzgar a nadie, solo registro hechos, verdades, evidencia de una realidad que hoy a mi hija de 6 años le duele en el centro de la panza, pero que a esos niños mañana les dolerá en lo más profundo del corazón.

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Me animé

Al final me animé, deje los temores de lado y allá se fue ella a encontrarse con su más reciente pasado.

Salió con una valija modesta; una bolsa de 16 años de consejos, que pudieron no haber sido los correctos pero fueron los que supimos dar, y una sonrisa que le duró la semana y media que estuvo lejos de su mamá.

Acá quedamos virtualmente pendientes de cualquiera de sus movimientos allá.

Hay cosas que vienen en el ADN de las familias expatriadas: más sellos en el pasaporte que cabellos; varias lenguas y dialectos que se entremezclan para formar un propio idioma familiar; un sin fin de pasaportes coloridos y el corazón repartido en varias patrias, en varios amigos entrañables que vamos dejando al pasar.

Ella se fue a eso, a ver a sus amigos del alma; lejos, pero bien cuidada. Se fue por primera vez sola, sin mamá, sin papá y sin un grupo escolar. Se fue más preparada que astronauta a marte; partió con la ilusión a flor de piel; se fue a ser aun más feliz.

Tendré que hacerme a la idea de que este fue el primer viaje sola de muchos que vendrán, porque su corazón ya quedo repartido acá y acullá.

Volverá con el alma gordita de amor; el corazón repleto de experiencias y la sonrisa enorme que le durará un buen rato más.

Así son los hijos de nosotros, los desterrados, no son de ningún lado en particular y del mundo en general. Las fronteras de nuestras mentes jamás las tuvieron y las geográficas no las quieren ni registrar. Nacieron para dejar su marca en varios lugares del globo, el barrio de ellos no queda en un solo lugar. Sus costumbres son mezcladas entre las de ellos, las de sus padres y las del hábitat que los quiera albergar.

Son niños con cabezas grandes, pensamientos distintos, corazones expandibles y la capacidad maravillosa de saber adaptarse a cualquier lugar.

Mi grandota vuelve hoy; acá la esperamos ansiosos y no respiraremos en calma hasta que la veamos llegar.

ESPERANDO A CAMILE

Será?

Calculo que es una necesidad básica del ser humano el andar en grupo. Es un ser social por naturaleza, según decía mi filosofo amigo Aristóteles.

Querer encajar, ser aceptados, encontrar con quien hablar, con quien reír y a veces hasta con quien llorar, forma parte de la rutina del que recién llega a un nuevo lugar. Pasamos nuestros primeros meses inmersos en una dinámica de adaptación familiar y llega un punto en el que necesitamos, imperiosamente, huir, salir corriendo a hablar con alguien más que no sea miembro de nuestro hogar.

Hay lugares y grupos humanos que son gentiles con el recién llegado; en otros cuesta un poco más.

Hay sitios donde los grupos se forman de inmediato y otros en los que, de plano, los grupos no se dan.

Somos dos las almas nuevas en estos lares, perdidas, buscando amistad y vieran que difícil nos está resultado esto de que no se nos quieran arrimar. Lo hemos analizado todo: Seremos nosotras?, Será el acento al hablar?, Será que no nos entienden?. “Los serán” se siguen sumando y nos vamos dando cuenta que quizás en este hábitat los grupos no se dan, no funcionan como los conocíamos, nomás no se quieren armar.

Entonces llegan preguntas que aun no nos podemos ni contestar: Cómo se sociabiliza en un ambiente tan distinto, con gente tan particular?; Será que tenemos que cambiar algunas cosas nuestras o quizás alguno así como somos nos querrá?; Será que queremos terminar como la gente que vemos en nuestro nuevo lugar?.

Yo, que soy la más madurita, me pregunto si quizás sean cosas de la edad; les resultaré muy vieja o tendré yo menos paciencia para volver a decular como tengo que recomenzar?.

Por suerte está mi compañerita de dupla que tiene mas energía que una planta nuclear; ella sigue y me lleva con ella; confía en que algún grupo, algún día, se armará y así seguimos, hace ya varios meses, calzándonos la sonrisa cada vez que nos dejan y saliendo a conquistar.

A veces volvemos medianamente contentas pero otras, la verdad, nos queremos matar. De todos modos, la esperanza es lo ultimo que soltamos y seguimos confiando en que alguna aglomeración humana, algún día, así como somos y estamos, nos vaya a aceptar.

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Todos adolecemos

En la adolescencia adolecemos todos, nuestros hijos y nosotros.

Días duros de transitar; hormonalmente inestables; dramáticamente maravillosos; emocionalmente revolucionarios. Tiempos en los que aburrirse esta fuera del menú.

Nuestros bebes se van convirtiendo en hombres y mujeres y en ese camino adolecido, van definiendo la personalidad que los acompañará toda la vida. Camino en el que se confundirán mucho y aprenderán aun más. Trayecto en el que sufrirán desvelos, llantos y risas en idéntica intensidad. Momentos con chispazos gloriosos en los que ellos crecen y nosotros envejecemos a la par.

Sensación de eternidad desmedida donde nosotros llevamos el corazón en vilo; nuestros miedos se agigantan; el alma se nos destroza en cada discusión y los nervios se nos encrespan a diario. Son años de peleas de reajuste; gritos de amor incondicional; repetición de consejos sabios; cuidados extremos de almas en formación y charlas eternas con la esperanza de que algunas de las letras de tantas palabras se les queden pegadas, tatuadas, clavadas en el alma y el corazón.

La adolescencia es la última ventana de tiempo en la vida de ellos, que nosotros tenemos para terminarlos de limar, armar, ajustar, pulir, engranar y dejarlos listos para todo lo que les está por llegar y pasar.

Los adolescentes duelen profundo; se sienten en la panza; cuestan; desarman; agotan y desvelan, pero son la antesala de la mejor obra de arte de nuestras vidas por lo que, con seguridad, todo valdrá la bendita pena.

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Si yo volviera

Si yo volviera haría muchas cosas idénticas y un sin fin de otras distintas.

Si volviera viviría en el mismo barrio, porque lo conocido amortiguaría mi caída.

Si volviera, tomaría un diccionario prestado para entender un titipuchal de situaciones, modismos y relaciones nuevas que antes no existían.

Si volviera, me tomaría mi tiempo para reaprender a convivir donde antes vivía.

Si volviera, volvería con quien siempre se quedó junto a mi corazón todo el tiempo que me fui.

Si volviera, disfrutaría cada uno de los segundos de lo bueno, porque la vida me enseñó que los momentos mágicos son efímeros.

Si volviera, elegiría una casa en la que cupieran todos los años que viví afuera, una casa que represente a cada alma de la familia que vuelve conmigo.

Si volviera, me tomaría el tiempo necesario para enseñarles a mis niñas cada lugar que extrañe con locura cuando partí.

Si volviera, me muniría de un saco enorme de humildad y paciencia, para entender que la que me ausenté fui yo y soy yo la que tengo que reaprender a vivir ahí.

Si volviera, volvería solo a las almas y los lugares con las y en los que fui inmensamente feliz.

Hablar de lejos es cosa fácil, por eso si volviera y dado que soy una perfecta inexperta en el tema, pediría una lista interminable de consejos a las que ya volvieron, porque son las únicas que realmente saben de que hablan porque en piel propia lo vivieron.

Fortuna la mía que tengo corazones pegados al mío en los cinco lugares a los que volvería. Eso si, en casa tienen claro que hay solo uno de ellos al que si volviera, nunca más saldría.

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La Negrita

La negrita por fin encontró el calor que tanto le faltaba.

Es que la pobre venía mareada de tanto cambio. No es para menos, en 5 meses la cambiamos 25 veces de lugar; la corrimos de espacio; la guardamos por un rato y la volvimos a sacar y aún así seguía con frío y algo destemplada.

Que negrita exigente e impaciente es esta. Le hemos explicado mil veces que lleva tiempo, que requiere de plata y de algo de talento, pero sobre todo de ganas de querer armar todo de nuevo.

Es que la negrita venia de otras tierras, otros climas y gente bastante más cálida por eso el cambio fue fuerte, un cambio para el que no estaba totalmente preparada.

La negrita pasó días sintiéndose extraña, no encajando ni es su propia morada. A veces le echaba ganas y otras se tiraba a vaga pero lo cierto es que no andaba consiguiendo como hacer suya su nueva casa.

Pero llegó el día en que a la negrita le volvió el calor al alma y de pronto sintió suyo todo lo que la rodeaba; se sintió cómoda, arropada.

Fue ese el día en que la negrita entendió que era verdad que todo pasaba, que todo volvía a acomodarse, afuera y adentro del alma.

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